Eran las 3 de la tarde, hora de que llegase la escolta con el mártir abordo, pero por alguna extraña razón el tiempo parecía retrasar el momento en que Eduardo y su víctima se viesen por primera vez. "Llegaran pronto" se decía el fantasma, casi perdiendo la poca paciencia que conservó al morir, implorando que el dato que había recibido aquella mañana no fuese una jugarreta de un demonio muy aburrido. Se suponía que, después de arduos años de servidumbre, había llegado por fin el día en que superaría la "gran prueba"; el mítico desafió que los de arriba imponían a aquellos que deseasen arrepentirse de sus pecados y que por alguna olvidada razón, hace mas de 50 años, menoscabó su deseo de ascender junto a su familia al paraíso de Adán. Las inoportunas decisiones durante su vida le habían llevado a habitar bajo la sombra del buenmozo Lucifer, aferrándose a la idea de volver a ver a los suyos quienes intuía que en el cielo se regocijaban del placer de Dios y sus ángeles.
Eduardo caminaba sin rumbo cerca del lago. Susurraba palabras malditas por el propio demonio que calmaban su ansiedad pero sin apaciguar el dolor con el que vivía. Cada vez más desconfiado, comenzaba a pensar que después de todo bien podía haber sido engañado a rondar solo por el lago para que los inquisidores tuviesen una escusa para aprehenderlo. Nunca antes había imaginado que los cuentos del purgatorio fuesen mas que una leyenda y que precisamente él fuese el elegido para enfrentar la "segunda oportunidad". No obstante, era mucho mejor tomar el riesgo que esperar a ser capturado por Belial y sus secuaces.
Mientras miraba su maltrecho reloj de plástico indicando las tres con quince, recordó el día en que se lo regalaron: el día de su santo. Si bien el Papa hizo bien en canonizar al eclesiástico a comienzos del décimo siglo, poca utilidad tenia evocar tal acontecimiento una vez que caías al hades y descubrías que mas de la mitad de los católicos mas devotos de la historia se encontraban pasando por las mismas desgracias en el inframundo. Si aquel día Eduardo hubiese entendido el verdadero significado de la santidad, seguramente ahora no se encontraría en el infierno atisbando a su alrededor la putrefacción, el dolor y los miles de diablillos ocupados en sus labores de tortura que con maliciosas sonrisas ejecutaban en medio de chillidos y aullidos de dolor. "Hoy no me verán, tengo otra misión" recordó Eduardo, y se alejó de la revuelta que le pisaba los talones con ansioso deseo.
Un estrépito rugió a un par de metros del fantasma, y éste se volvió con terror y emoción hacia la zarza que oscilaba y bailaba junto al viento que había perturbado su eterno sueño. Por una milésima de segundo habría jurado que aquélla zarza intentaba comunicarse con él para explicarle su cometido, pero no tardo en recordar que en toda la región hasta la vegetación estaba dominada por el rey rojo. Sin embargo, algo en esa zarza indicaba que el inframundo poseía mas aberturas hacia la libertad de lo que Eduardo alguna vez en su muerte habría imaginado. La zarza, al contrario de lo que pensaba, no se movía a la suerte de las ráfagas, sino que aprovechando las sutiles corrientes se retorcía con el fin de enviar un arcano mensaje oculto desde hace años.
Aunque sabia muy bien que traicionar a su rey transmitiendo tal comunicado no traería nada bueno, la zarza no era capaz de poner orden a sus retorcidas ramas: una magia pura y noble que no conocía la incitaba a moverse graciosa e involuntariamente al son de un compas armónico y celestial. Aterrorizada y contradictoriamente complacida, supo entonces que los viejos cuentos humanos eran mucho mas que una remota leyenda de salvación.
Al ver que Eduardo no prestaba atención a la danza que le otorgaba la flora, el ángel oculto que había acompañado cautelosamente sus pasos decidió enfatizar su mensaje mediante la fauna, que si bien no era de lo mas agradable, tenia mas posibilidades de hacerse notar frente al desvalido Eduardo. Dos movimientos de su cola y la zarza se quedo quieta como la muerte, sin indicios de haber sido tocada por la gracia divina. Un movimiento de sus patas delanteras y el principio de un plan mucho mas enmarañado dio su primer respiro a escondidas de Eduardo, que seguía caminando con la duda atascada en su nariz.