Avanzo, pego un trote a la ligera esperando llegar a la meta. ¿Meta? Nuevo comienzo. Corro con el anhelo de terminar luego, salir de mi cabeza y renacer. ¿Meta? Soy nuevamente un niño, aun no aprendo que “meta” no existe, me niego a aceptar que los obstáculos son impedimentos para una mente desorganizada mas no triste a primera instancia. Lo se, pero la esperanza mantiene cautiva mi esperanza. Corro y troto y vuelo aferrándome a los restos que se desprenden del putrefacto halcón que guía mi pasar. Me gustaría estar en el lomo del ave, mirar desde su cima el disfrute de una buena vida, regocijarme en cada momento al descubrir que nadie esta sobre ti. Me deslizo. Patino en un lago frio como la muerte, veo como los peces quedaron congelados bajo el hielo. ¿Soy uno de ellos? Canto para mantenerme despierto y llego a tierra, pantanos de ciénagas de lodos mugrientos que ensucian mis botas. Salto. Aun puedo ver al halcón. Trepo las rocas que erosionan mis yemas, canto nuevamente para superar mi condena, y en la cima, me dispongo a volar. ¿Vuelo? No podría, tengo que ir adosado al halcón, no puedo zafarme a menos que quiera caer. ¿No me basta acaso volar sujeto de sus garras? Siempre he querido mas, sueño con ir dirigiendo el buque a través del reflejo del mar. ¿Hay un pero? Diría que si. Cuando lo intento, suelo alejarme y estrellarme contra el crudo pavimento de hielo en que vivo.
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